Una suerte de parque
andino, de estepas serranas, bordeado de cataratas y riachuelos que contribuyen a un
variado verde agraciado ante los ojos de sus habitantes y turistas que semanalmente
visitan ese territorio.
Antonio Paredes
En el recorrido que podemos hacer por la multiplicidad de pueblos meridenos destaca una
pequena población anclada en el Municipio Campo Elías. Una suerte de parque andino, de
estepas serranas, bordeado de cataratas y riachuelos que contribuyen a un variado verde
agraciado ante los ojos de sus habitantes y turistas que semanalmente visitan ese
territorio. Estoy refiriéndome a Jají, pueblo mítico y legendario que cobijó a
inmigrantes europeos, principalmente italianos, cuyos apellidos hoy recuerda Mérida en
sus múltiples contextos socioculturales y económicos: Dezzeo, Dalta, Grisolía, Guerra,
Sívoli, entre otros. Esta gente se destacó en la agricultura, la ganadería, el comercio
y la vida intelectual. También dejaron atrás, en su gastada cuna, las vicisitudes
económicas y sociales de una Europa sacudida por diversos factores en la que la historia
nos ensena.
En mi memoria encuentro al doctor Luis Felipe Barreto García quien se destacó por ser un
hombre muy bondadoso con el prójimo. Se cuenta que en sus días de estudiante traía
medicamentos para tratar de aliviar a sus paisanos enfermos, a cambio de nada, sólo del
regocijo de verlos aliviados del dolor de la enfermedad. También recuerdo a mi papá, un
hábil comerciante, conocido como Rafelón, a Levi Vielma el escribano del pueblo,
redactor jurídico empírico cuya habilidad casi innata le permitió dejar testimonio en
múltiples documentos que alberga la Prefectura del pueblo y algunos juzgados cercanos- a
Silvio Valero, servicial amigo de todos, de quien no se supo nunca cuántos hijos dejó.
Asimismo, en mi imaginario pueblerino aparecen las figuras de don Eudoro Sívoli,
comerciante destacado que se residencia en Ejido, de Eleazar Dávila, hombre muy culto y
de duro trabajo campestre, de los hermanos Francisco, Rafael Angel, Golfredo y Fabio
Grisolía, conocidos por su vocación ganadera. Mi tío Idelfonso Paredes supo manejar muy
bien el asunto de las finanzas al punto que corría el ano 1938 con apenas 20 anos
de edad- cuando se trasladó a Mérida con 2000 bolívares gran capital para la
época-, quien se residenciara más tarde en Ejido llegando a ser conocido como uno de los
hombres más prósperos de la zona, incluso ocupando la presidencia del Concejo Municipal
de Campo Elías. En esos tiempos circulaba el centavo, la locha, el real y el bolívar,
que contaba con un valor de cambio muy distinto al de ahora. Me contaba mi papá de un
accidente que ocurrió en el puente de la quebrada de la Sucia en el ano 1933 donde mueren
trágicamente don Carlos Lares y don Alejo Grisolía, a consecuencia de ser arrastrados
por las fuerzas del agua. Otras dos personas más que venían con ellos lograron salvarse
porque venían en mulas y no en bestia caballar. Se dice que las mulas tienen un instinto
para ciertos peligros y por eso se trancan, no siendo tan arrojadas como la bestia
caballar. En aquellos tiempos se vinieron para Mérida un grupo de muchachas dispuestas a
meterse a monjas, pero para sorpresa de todos en el pueblo cuando ellas regresaron de
nuevo a Jají todas estaban embarazadas, por lo que para senalar que algo no servía se
apelaba al refrán popular y jocoso de está como las monjas de Jají.
Finalmente quiero también recordar a una gran mujer que nació y vivió en este pueblo,
que a pesar de los sinsabores que le deparó la vida no se amilanó, sino que por el
contrario le devolvió a la vida con alegría y levantó una familia de muchos hijos los
que educó de tal forma que hoy día son mujeres y hombres de bien. Por eso cuando escucho
la canción ranchera allá en el rancho grande pienso que el autor
se inspiró en ella, su nombre era Dorila Vielma Dezzeo.
Todas estas cosas las recuerdo cuando ando por los caminos de Jají. |